¿Qué más daba, de todos modos?
Miró al frente, de todas formas, el dolor sequía allí, tan real como aquellas lágrimas corriendo por sus mejillas. Se levantó y las piernas parecieron fallarle por que sentía, de pronto, el peso del mundo sobre sus hombros. Déjame, dijo. No me atormentes más, recitó. Nada funcionó, el dolor seguía allí, intacto, por que si bien para el mundo aquello podría parecer estúpido, para ella tenía una importancia relativa, quizás y sólo quizás, podría alguna vez dejar de ver el mundo como algo que la pisoteaba a cada paso que recorrían sus pies. No había una salida para aquella realidad que ella vivía día a día, no había un País de las Maravillas, no existía el Nunca Jamás. Nada de eso era real, pero siempre había algo que quizás pudiese hacerla desaparecer por unos momentos de ese mundo que la hacía sentirse tan pequeña, inferior.
Amigos.
Aquella palabra tan pequeña hacía que quizás el mundo fuese menos cruel, por que ella podía contar con ellos, ella, sin saberlo, estaba rodeada de personas que la ayudaban a descargar un poco de aquel cúmulo de sentimientos que la hacían sentirse más pequeña de lo que en realidad era, por cosas tan insignificantes que quizás, no tenía sentido que si quiera ella se preocupase por eso; pero como siempre pasaba, no lo veía, ella, tan testaruda como era, pensaba, largo rato, horas y horas en lo que había hecho mal, machándose una y otra vez, obviando lo que había salido bien, restándole importancia a lo que había sido hecho de forma eficaz. Pero de todas formas, la tempestad que se desataba en su interior no la sabría nunca nadie, de puertas adentro, nadie sabría nunca lo que pasaba por su mente. Quizás, y sólo quizás, su País de las Maravillas eran sus amigos, y ella, dispuesta a perderse en ese mundo que se le ofrecía con una suave sonrisa, se dejase llevar de la mano mientras una sonrisa le bailaba en los labios y su mirada, volvía, ahora, a encontrarse en calma.
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